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 Escape *Ahora: Tiras de realidad (Corregido)

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danielm777

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MensajeTema: Escape *Ahora: Tiras de realidad (Corregido)   Dom Jun 17, 2018 3:17 am

Sobre las correcciones:
 

Tiras de realidad


El señor de Marie Ifrata: Ibonencio Frilgad, un varón hecho a la antigua, o al menos eso dicen. Supongo que, por esos muchos años de andar y divagar entre remotos y recónditos rincones de la tierra, se ha formado teniendo una particular visión del mundo que muchos desearían detentar; habiendo también sufrido experiencias inenarrables que se cuentan por millares. Es un personaje casi mítico, tan enraizado en nuestra cultura como el argot de la gente nuestra. Todos han oído hablar acerca de él, ya sea por hecho o por omisión; ha marcado a toda una generación de chicos, grandes y jóvenes con sus poderosas hazañas y hechos. Más adelante iré descubriendo quién es este personaje, y cómo es que mi vida llegó a adquirir su significado cuando mi camino se cruzó con el de este varón.

Hace mucho tiempo ya, estando en una posada de la ciudad al despuntar la noche, en un día como ningún otro, pude cruzar palabras con este varón. Me enfoqué en tratar de entender cómo es que ese hombre de apariencia tosca, por decirlo de alguna forma, pudo hacerse de un nombre que perdura,  hasta el sol de hoy, en la historicidad del pueblo de Lindbergh y, qué no decir también, de toda nuestra nación.

Aunque, mi camino inicial no me llevaría hasta la posada… estuve allí en el momento más oportuno. Recuerdo que el frío de la intemperie era insoportable, y cualquier lugar para entrar en calor era mejor que estar en las callejuelas de la ciudad batallando con el insolente frío.

Era 31 de diciembre de 1756 en la ciudad de Coral, la capital de Lindbergh; esa fue la ciudad en la que, hasta ese momento, había vivido toda mi vida; ciudad de amaneceres inundados de belleza, y de noches borrascosas como neblina; ciudad de deleites, y de grandes proyectos que conducían el futuro de toda una nación. La misma era un refugio para los hombres adinerados del país, y de cierta manera, si se puede decir, el centro de mando acerca de todas las decisiones políticas, económicas y sociales que marcaron y determinaron, por años, el bienestar y el futuro de toda la nación de Acaseres. No existía más que actividad comercial, banquetes y una gran faena nocturna en las noches frías.  Al ser una ciudad tan importante, o de haber sido planeada para serlo desde el principio, fue aglutinada en derredor de firmes y amuralladas columnas de piedra, para brindar cobijo a una zona meridional del continente  donde solían originarse las más sangrientas guerras; estas murallas fueron construidas en tiempos remotos; son muros muy, muy arcaicos; como la misma existencia de nuestro pueblo.

En esa época del año, el frío invernal era detestable; pasear por las calles a plena luz de la noche era una tortura, para aquella ocasión casi obligatoria
.
Entonces aquel día, andando por la avenida de nombre Oslistown, me acerqué a las puertas del establecimiento de la posada principal de la ciudad, la llamada Carlos el Grande. Iba caminando por una callejuela entre varios establecimientos, siguiendo mi recorrido, hasta que me topé con aquella posada; al ver el juego de luces, y escuchar los murmullos y el gran alboroto que del interior parecía provenir, de golpe cambié mis planes de la noche; de un instante a otro anhelé el calor de la chimenea de la gran sala en la posada, así que, estando ahí, a medio camino de nada, admirando la comodidad que proyectaba el interior de la posada, me tome un breve tiempo considerando si debería acceder al lugar; hasta que, en unos minutos de poco pensar me adentré al establecimiento. La ruta que me había propuesto llevar a cabo al iniciar mi recorrido por esta avenida, llamada Oslistown, me llevaría a Ifonarte, el templo sinctuagento más sagrado en la ciudad de Coral; pues, siendo fin de año surgían muchas festividades, y se conocía que, en cada víspera de fin de año una gran asamblea festiva era preparada en motivo de celebración, ya que, un día como aquel, hace ya un centenar de eras, se levantaría el grito de independencia de la nación a manos de quien ahora fuese nuestro venerable Alcaraván.  Mi clara intención, aunque, me pesa revelarla, era hacer esta peregrinación por la única razón que podría mover a un hombre su hambriento ego, y la necesidad de alimentarle; ¡Si!… quería llenar mi ego con atisbas de falsa modestia, y ganarme una imagen de prójimo piadoso. En esos tiempos que corrían era, como de tan importante el lucir incólume, así también el hacer muestras de sencillez entre clases bien acomodadas; era de las cosas que un hombre adinerado se toma la licencia de hacer en sus tiempos libres, para luego vociferar entre voces altivas, exclamando con sentido recelo cómo pudo disfrutar su día de fin de año.        

El rico se reparte la gloria
Ceñido de oscura ceniza
Marchando ha con los pobres
Mostrando falsedad piadosa
A la luz de las miradas
Que de yacer no yace indiferente
En las necesidades de necesitados

Empero estos han de seguir siendo ricos
Despagarán así sus alas
cual desbandada
para no volver a mirar la desgracia
en que viva el mundo en rededor



A buscar en todo figurar
y de poder llenarse los espacios todos
que el mundo pueda notar
que ninguna carencia nunca sufrirá jamás

aunque tiempo al tiempo
y no se ha de demorar
cuando el velo caiga
y se pueda observar
el triste vacío que resida
en su alma hueca se ha de mirar

Sí, así somos los de anidada fortuna.


Al cruzar el umbral  de la posada, me preparé a figurar como una sombra, una fantasmal negrura que penetra entre matorrales donde pernoctan las ratas, como de un sitio de poca monta tal cual este. Iba ceñido con una túnica aterciopelada verde, propia del invierno, y el cuello anudado en tantas telas y prendas como fuese posible; siendo así que, entre tanto ropaje, existía a duras penas un pequeño agujero donde asomaban mis ojos, lo que facilitó cruzar en un instante por entre toda la gente que estaba reunida allí ahogando sus pesares, con la bebida de acompañante, hasta llegar a una de las mesas más alejada de todas las demás, rejuntado al calor del fuego de la chimenea en la sala principal.

Sabía que el sitio era una ratonera de mal vivientes que solían ir allí, al justo declinar del sol, para correr en el derroche de sus vergonzosas pasiones carnales y darle lugar a las más pérfidas ocurrencias de sus vacuas existencias. Mi interés no era sino menos que estar un momento allí, entrar en calor, y retomar mi caminata hacia el lugar de mi destino; al menos me había convencido de salir huyendo del nauseabundo sitio apenas se diera la ocasión.

Cuál sería mi sorpresa que, al relajar mis caderas ocupando el asiento a la mesa en la que tuve por decisión quedarme dejando escapar todo ese frío cizañero del exterior, atrapado en las extremidades de mi cuerpo, pudiese ver, a unos cuantos metros más allá, el hombre al que estuviese buscando con solicitud desde hacía ya cuatro meses: el señor de Marie Ifrata, Ibonencio Frilgad, varón de renombre. En aquella situación y en ese entonces, en mi vida ya se había extinguido  toda fe de que, en mí porfía búsqueda, consiguiese lo que tanto anhelé en otro momento hallar;  pues, descubrí que cuatro meses de recorrer un país entero eran suficientes para mí, hasta perder la paciencia y no intentarlo más. Se había difundido la fama de aquel hombre de puerta a puerta, de rincón a rincón, de pueblo en pueblo, que anunciaba cuán de profunda e insondable era su sabiduría, y que muchos hombres habrían recorrido valles y sombras, buscándole y rogándole que, por el precio de una considerable suma, les otorgara el inmerecido favor de transmitirles sus cuantiosos conocimientos, e instruyera hasta convertirles en varones versados en el manejo de la espada.

Se acababa el año, y mi deseo era comenzar nuevas aventuras, olvidar el hecho de que en intentos pasados, esos donde deseaba convertirme en un espadachín, no pudiese alcanzar lo cometido, y sobrellevar el sabor amargo del fracaso en mis días.

Al principio tenía un gran recelo, y de verdad estuve pensándolo mucho; no sabía si sería propio para alguien de mi clase acercarme a él; no porque no fuese alguien que mereciese mi atención, si no que su aspecto exterior, en ese instante, dejaba mucho que desear, y un hombre de mi clase debía de cuidar las formas para poder mantener la elegancia y el statu quo; así pues, tenía mis reservas. Mi mente estaba en dos aguas: Claro está, ir a la iglesia, y seguir mi día como si no hubiese presenciado nada notable, o pues, como os he dado a conocer, retomar mi sueño de adiestrarme en el arte de la espada. Arrojé todos esos pensamientos a la caldera, y por un repentino éxtasis cargado de coraje y determinación que me sobrevino en el justo momento, me convencí a mí mismo de seguir lo que hube comenzado en aquel año. Tomé un respiro para calar este descubrimiento, y entonces entendí qué es lo que debía hacer. “Sí, me  acercaré, pero no así sin más…”, pensé.

Es cierto que el hombre estaba sentado allí, a unos cuantos pasos de mí, ¡y vaya que sí que lo estaba!, hasta los muertos notarían su presencia. No pasaba desapercibido por nada; pese a mostrar una apariencia muy sórdida, carente de matices; una como para permitirle entremezclarse con el tono desgastado del establecimiento, aun así figuraba como un hombre de escandalosa presencia. No parecía ser de muchas palabras, vamos, alguien que no se le da bien hablar de más; no obstante, me resulto muy intrigante su manera de vestir, de portarse, de ser, de otear; por lo que se que, aunque mi estado de alerta hubiese estado desconectado, mis ojos fijarían su presencia, sea donde fuere que estuviese aquel día en los adentros de la posada; no hay atisbo de duda en mi corazón de que así sería.

Pareció que la única persona de confianza con quien contaba este varón, o al menos la única que merecía su atención, era el tabernero quien, con dedicación, estuviese atendiendo todas sus demandas de cliente. Se podía notar el trato amable de él hacia el cliente y viceversa, como de aquel del que consiente al que, de entre los clientes, más ganancia le significa; y esto solo sucede cuando se es cliente próximo. No era la primera vez que iba a la posada, eso parecía; obviando, por otra parte, el hecho de que el lugar, a esas aciagas horas de la noche, era muy concurrido.

Presté mucha atención en cómo él, mientras bebía a tropel, apoyaba al mismo tiempo su espada, pulida casi como piedras labradas por las corrientes de un río, cerca de su regazo, golpeteando sutilmente el frío metal; con una mano a la bebida y la otra acurrucando la preciada espada. Era extraño, al menos conforme a mi conocimiento, mirar a un hombre, de  jerarquía y clase, sostener su espada desenvainada entre las piernas, con la  punta templada de la espada fijada al suelo, estando soporoso y ahogado en alcohol; y aún más, considerando el establecimiento donde se encontraba; un lugar donde el populacho suele amarrarse; una cantidad en términos ingentes de ladrones rezongones y malas víboras como se consiga. Una espada así era un manjar que cualquiera estaba dispuesto en llevarse a la boca sin rechistar. Su lustre era muy singular, no aparentaba ser una espada común; “Menudo caballero descuidado”, pensé.

Hasta ese momento solo había notado su presencia dentro de la posada, aunque en mi no tardo en brotar una espina de curiosidad que sacudía mis entrañas gritándome “!Acércatele!, ¡¡Acércatele!!”.

Esa poderosa espada era como un muro de vasta altura, como una frontera infranqueable entre el lugar de su presencia y mi presencia, además, por su aspecto de caballero, él era muy intimidante, y su sola presencia hablaba mucho más fuerte que mis deseos de ir ante él, y procurarle conversación. Aún así, nada detuvo lo que estaba escrito a suceder esa noche.

Tenía mis ojos tendidos en él, siguiendo los trazos de su rostro, tratando de descifrar lo que había más allá de su intrépida y sórdida mirada; aquello que percibí era digno de su afamado nombre. Pude notar cómo su párpados parecían estar hundidos en una ciénaga gris, permeando todas las emociones de su cuerpo, haciendo más cortante cada poro en su piel; un hombre que tenía piel de cuero y entrañas, una piel curtida por el tiempo y el respaldo de tantas guerras vividas; una mirada que encierra tantos enigmas como alcanza el tiempo a esconder. A pesar de estar muy quemado por el alcohol, con la mirada caída y los ojos cargados en cólera, se veía sereno, apacible. De vez en cuando, con toda la templanza del mundo, sujetaba la copa donde bebía alcohol, mientras se detenía a mirar muy adentro,  a través del cristal, cómo los hielos bailaban junto en el brebaje espumoso, que en cada sorbo desbordaba la copa cayendo en cascada, del cristal a la mesa, hasta dejar una marca alrededor de la mesa y la copa. Me hizo pensar en un astrónomo que mira hacia el espacio con el lente de un telescopio. Haciendo esto, también giraba con agilidad su centelleante mirada, de un lado al otro de la sala, vigilando hasta el más imperceptible movimiento en las alas de una mosca; lo percibí como alguien nervioso. Parecía que no estaba pendiente de lo que pasaba en el local, pero en ocasiones bastó un leve ruido para que se alebrestase y pusiese muy sobresaltado. Con toda esa ruda pasividad, más las cicatrices de su rostro, daba la sensación de que era un varón que ya hubo sufrido todo en esta vida, si se puede decir, y que así, solo así, encontró serenidad; al fundar su fortaleza sobre los ya extintos temores de su sufrido corazón.

El que cargara su espada desenvainada, y la apretujara con violencia cada vez que el ruido le perturbase, me hizo saltar vez tras vez el corazón. Estaba imaginando cómo es que iba a lograr la hazaña de acercarme sin que en un movimiento brusco de este hombre, la espada me tocara hasta cortarme algún espacio de mi humanidad.

Por alguna razón, aquel día ahí estaría yo, él y yo, y unos cuantos bloques de duro ladrillo a medio camino y mi deseo de conocerle, aunque con ello, me jugaría el pellejo. El resultado de esta aventura podría ser fatal, pues, cuando el alcohol entra al alma, el espíritu se escapa por la puerta de atrás, y lo que queda en la carne es solo la silueta de lo que puede ser un hombre en todo sentido. Aun así la oportunidad era única, muy tentadora e irresistible. Hombres como él, van y vienen, cuya fortuna se desconoce; podría él dormir acá en Coral y despertar más allá, en Tronas. Era suerte encontrármelo allí en la posada, además no podía considerar un hecho mis prejuicios acerca del nivel de ebriedad en el que, como creía, se hallaba. Fue suerte hallarlo, y también tomé como hecho plausible, que la impresión que tuve al comprobar su estado de ebriedad era solo un espejismo formado por mi marcada habilidad de proyectar los defectos y malos hábitos de las personas; sí, acepto que me excedo mucho al juzgar, y mi mente se carga de mil y un prejuicios. Debía arriesgarme ya que, “El que no arriesga no saca partido de nada”, como suele decirse.
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Escape *Ahora: Tiras de realidad (Corregido)

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